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Puerto oscuro – Mark Strand

14,50€

El presente poemario supone una de las obras más destacadas en la trayectoria lírica de Mark Strand, poeta canadiense que tuvo una exitosa carrera en los Estados Unidos, ganando, entre otros, el Premio Pulitzer de poesía en 1999 o siendo elegido como poeta laureado por la Biblioteca del Congreso en 1990. Dark Harbour, publicado originariamente en 1993, se presenta en edición bilingüe con Adalber Salas Hernández a cargo de la traducción y del prólogo.

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Un hombre emprende el camino desde sus orígenes hacia un futuro que es desenlace y, también, un inhóspito más allá donde no hay Dios, apenas ángeles y recuerdos. Esta travesía de ecos dantescos es el hilo que hilvana los tercetos de Puerto oscuro, una obra que, concebida como un único y extenso poema dividido en cuarenta y cinco secciones, medita en torno al flujo de la vida, los finales, y las tensiones entre un pasado tangible y un futuro siempre incierto. Con sus versos límpidos y de aparente simplicidad, Mark Strand fluye con elegancia entre lirismo y narración, dejando que la extrañeza irrumpa allí donde parece haber apenas una historia banal; mientras que con su agudo y característico sentido del humor conspira contra el dolor de la perdida y la muerte, y desbarata los impulsos elegíacos del poema. Contenida y elocuente al mismo tiempo, trascendente y capaz también de rezumar una agradable ligereza, Puerto oscuro es una de las piezas fundamentales en la trayectoria de uno de los grandes poetas norteamericanos de finales del siglo XX, al que Adalber Salas Hernández rinde homenaje con esta magnífica traducción.

 

«Recuerdo que estuve parado ante las olas rompientes,

Temiendo no tanto el agua como el ruido,

Que me tapé los oídos y corrí hacia mi madre

 

Y esperé ser llevado a la casa en el pueblo,

Donde había silencio, sin un solo sonido de mar cerca.

Pero el mar mismo, su visión, el modo en que se extendía

 

Hasta donde alcanzábamos a ver, era emocionante.

Sólo su rugido era aterrador. Y ahora, años después,

Es el sonido tanto como el tamaño lo que amo

 

Y extraño en mi exilio tierra adentro, entre las montañas

Que no cambian salvo por las luces

Que las colorean o las nieves que las vuelven remotas

 

O las nubes que las elevan, de manera que parecen mucho

Más altas de lo que son. Siempre se actúa sobre ellas y no tienen

Nada del misterio del mar, que genera sus propios cambios.

 

Los encuentros con cada uno son por fuerza diferentes.

Sin embargo, si tuviera que escoger, miraría el mar

Y me perdería en sus sonidos, que tanto me asustaron alguna vez.

 

Pero en aquellos días qué sabía yo de los placeres de la pérdida,

Del borde del abismo que se acerca con su siseo

Y sus tormentas, un gran animal acuoso quebrándose contra las rocas,

 

Esparciendo estrellas de sal, nubes de espuma ruidosa.»