Con la novela corta de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, editada en 1953, uno como lector
joven y primerizo se entera que Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel que
conforma ese peligroso objeto que son los libros. Luego el cineasta francés François
Truffaut en 1966 haría una película, que es todo un clásico imprescindible, protagonizada
por Oskar Werner y Julie Christie. Este año 2010 se edita la novela gráfica con dibujos de
Tim Hamiltón y con la buena pro de Ray Bradbury, quien escribe un corto prólogo a esta
nueva edición retocada y remozada, pero conservando intacto ese espíritu critico con que
fue escrita por primera vez.
El hilo argumental de esta corta novela de Bradbury es sencillo. Como toda buena utopia
de ciencia ficción pinta un futuro nada halagüeño. El gobierno totalitario, que funciona en
este futuro impreciso, ha prohibido la lectura y el primer objetivo para hacer cumplir la ley
es quemar los libros y arrestar a sus dueños que son algo así como lectores clandestinos,
seres al margen de ley, terroristas del pensamiento y propagandista de la infelicidad. El
argumento para tan irracional lógica de Estado se afinca en la misión que tiene el gobierno
de brindar felicidad a todos los ciudadanos y en tal sentido la lectura hace pensar a las
personas cuestión que las conduce a la angustia y las lleva a esos callejones oscuros de la
tristeza, la melancolía y la desgracia espiritual. Para hacer cumplir los objetivos de este
estado benefactor de la salud mental y anímica de los ciudadanos los bomberos son los
encargados no de apagar incendios, sino de provocarlos en esa protectora tarea policial y
profiláctica de quemar libros. Guy Montag es un bombero que poco a poco adquiere
conciencia. Su encuentro con la joven Clarisse McClellan, quien le habla sobre la libertad y
cuya energía a favor de actividades de entretenimiento y ocio le ofrecen otra visión del
mundo. Un día un virtuoso ciudadano denuncia a una vecina de tener libros en su casa. Los
bomberos llegan y lo destrozan todo buscando los libros, al encontrarlos los amontonan en
la sala. La dueña, una ama de casa normal, se niega a abandonar sus preciados libros y arde
con ellos. Esto decide a Montag a rebelarse para descubrir esa gran verdad liberadora que
encierran los libros. Al final también será perseguido y su casa será quemada por sus
antiguos compañeros.
Otro aspecto de la novela son los hombres y mujeres libros que Montag conoce en su huida
hacia los bosques. Estos seres al margen de la sociedad han ideado una manera de
mantener el legado de los libros y así cada individuo ha memorizado un libro completo que
trasmite de manera oral a quien quiera escucharlo/leerlo.
En el prólogo de esta nueva versión Ray Bradbury escribe como fue la génesis de la novela
y cuenta que en el año 1950 luego de cenar con un amigo deciden venirse andando por la
avenida Wilshire cuando de pronto una radiopatrulla los intercepta y baja un agente
uniformado cortándoles el paso para preguntarles que estaban haciendo. Bradbury algo
sorprendido responde: “Poner un pie delante del otro”. El agente prosiguió con el
interrogatorio. Al llegar a casa el escritor escribió, bajo los efectos de una cólera impotente,
un relato títulado “El peatón” o como él lo escribe: “Varias semanas después saqué de
paseo literario a mi peatón y se encontró con una chica llamada Clarisse Meclelan. Siete
Días mas tarde había acabado el primer borrador de El bombero, novela corta que no
tardaría en convertirse en Fahrenheit 451”.
La novela de Bradbury es un verdadero hito en esa reflexión sobre el libro y la libertad de
pensar y actuar. No por casualidad al final escribe que el lector se tome su tiempo y
reflexione sobre cual libro le gustaría memorizar para protegerlo de cualquier censor o
“bombero” y ofreciendo las razones por las cuales querría memorizarlo y de cual sería su
valor para recitarse y recordarse en el futuro. Este simple juego de imaginación presupone
un ejercicio de libertad que le otorga al libro ese poder intangible que fortalece de alguna
manera nuestro espíritu y nuestra mente, que siempre ansia la sabiduría y con ello de alguna
manera la felicidad de obrar con razonado y leído equilibrio en la vida.



