Carlos Yusti
Aunque uno lo ubicaba por debajo de Julio Cortázar, Vargas Llosa o García Márquez siempre estuvo allí dando la pelea. El gusto lector es caprichoso, pero a pesar de ello verifico en mi biblioteca como una veintena de libros de Carlos Fuentes. Incluso un libro con sus obras teatrales que siempre me gustaron.
Inicié mi lectura de Fuentes en ese lejano bachillerato cursado en el Martín J. Sanabria. Mi profesor de castellano y literatura, Humberto Gonzáles, me recomendó “La Muerte de Artemio Cruz”. Me tendió el libro al tiempo que me advertía: “No es un libro fácil, pero su lectura te permitirá comprender todas esas contradicciones humanas, todas esas complejidades de la vida y la política”. Por supuesto la novela tenía esos puntos de contactos con Joyce y con Faulkner que muchos años después pude percibir.
Después leí “La región más trasparente” y esa novelita “Aura” que tiene algo de joya extraña y especial. Como es lógico mi preferencia seguía apuntando hacia Cortázar y García Márquez, no obstante proseguí leyendo a Fuentes ya que estaba convencido que no era un escritor del montón y que sus aportes a la literatura en Latinoamérica eran indiscutibles.
Con Fuentes, con su literatura se entiende, la historia, la vida y la política se entrelazan y si a esto le agregamos toda esa mitología de espejismo y arabesco que arrastramos desde tiempos inmemoriales descubriremos, eso que el mismo escritor denominó, el espejo enterrado en la que podremos vernos como un continente que se inventa cada día, que se vale de la imaginación para salir adelante a pesar de todo. En una entrevista Fuentes aseguró: “Lo bueno de nuestra cultura es que tanto la imaginación como la realidad siempre han estado hermanadas, no se pueden separar. Mientras que en la política constantemente hay un divorcio entre ambas”.
Otra novela que leí a gusto fue “Cambio de piel” donde los tiempos se entrecruzan y donde esa gran factoría de mitos que es el cine también tiene su espacio. En esta novela el vanguardismo de Fuentes está mejor llevado y el ritmo (o tiempo) interior de los personajes va descubriendo esos fantasmas que son un poco esos fantasmas que se guardan en el closet de muchos lectores.
Pero Fuentes no había escrito su novela consagratoria, su novela bandera, su novela emblemática. Ya García Márquez lo había hecho con “Cien años de soledad” y Cortázar con “Rayuela”, Lezama Lima con “Paradiso” y Vargas Llosa con “Conversación en la catedral”. Para ello Fuentes escribió una novela polifónica, fundacional que rastrea nuestra historia en un viaje lapidario del tiempo y de la novela como estructura, como forma cambiante. Con la novela “Terra Nostra” demostró lo aprendido a la hora de narrar, a la hora de convertir la historia en una fábula de muchas aristas en la que se funde realidad e imaginación con una maestría de acabada proporción. Con “Terra Nostra” obtuvo el premio Rómulo Gallegos en el año 1977. Por supuesto es una novela que le exige bastante al lector y en muchas oportunidades gana la novela, pero por ese motivo es un libro sin tiempo que amerita muchas lecturas para aproximarse en algo al hueso de su extraña cosmogonía.
En su ensayo “Valiente mundo nuevo. Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana” escribe: “Recordarlo y escribirlo todo: desde la época colonial, la América Española ha vivido la doble realidad de leyes humanas, progresistas y democráticas (las Leyes de Indias, las constituciones de las repúblicas independientes) en contradicción con una realidad humana, retrograde y autoritaria. Habitamos, simultáneamente, un país legal y un país real, ocultado por la fachada del primero”. El escritor como vocero para darle luz a ese país perdido en la oscuridad, de ese país sepultado por la burocracia de la legalidad inoperante. El escritor como creador de un contralenguaje “inventado por la colaboración entre el escritor y el lector, para colmar todas las lagunas de los lenguajes parciales, agotados o mentirosos”. Fuentes estuvo preocupado siempre de que la novela contara una historia, pero que a su vez estuviera consustancia con nuestra historia, nuestro devenir y esos sueños inquietantes que labran las utopías más dispares. No por azar escribió: “Todo esto exige que la literatura se formule a sí misma como conflicto incesante, a fin de descubrir lo que aún no ha sido descubierto, nombrar lo anónimo, recordar lo olvidado, dar voz al silencio y desear lo vedado por la injusticia, la indiferencia, el prejuicio, la ignorancia o el odio”.
Carlos Fuentes persiguió, con su trabajo literario en conjunto, una revancha para reivindicar la imaginación y el lenguaje creativo para hacerle frente a ese mundo limitado de los políticos de saldo y oportunidad que ha padecido a lo largo de la historia muchos países en Latinoamérica. Su trabajo es un alegato de memoria compleja versus la superficialidad del olvido y sus atareados secuaces sembrados en todos los estamentos del poder y la vida pública.
No fue un escritor del montón, tampoco un novelista de relleno fue más bien un trabajador diligente y entusiasta, un disciplinado de la palabra, de la literatura como esa posibilidad donde la imaginación desata los hilos de un gran tapiz de nuestra historia que se borra y se reescribe con esa noción incesante de que la magia está a la vuelta de la esquina de la realidad cotidiana, ruidosa y con los colores tibios de la rutina y la incertidumbre.



